La sala vacía


En la sala vacía de las conciencias con la luz clara abrasando los ojos, una habitación blanca y desierta guarda entre sus cuatro paredes una hermosa caja de brillante madera. Es alargada y encarna un misterio que atrae a mirar hacia dentro a todo el que pasa cerca. Pero he aquí la sorpresa, que el interior de la caja no es del agrado del espectador, pues rompe la armonía de la sala.


No todo el mundo descubre lo mismo pero apartan la mirada, bien por molestia o porque los ojos empañados no dejan distinguir más rasgos de la figura interna.

De día o de noche la sala es clara todo se distingue bien y, sin embargo, no hay nada.

La caja está inmóvil, quizá esperando el alba, pero aunque algunos no lo aprecien todo se acaba, ya no hay vuelta atrás, los ojos se cierran, el sudor se seca y el corazón se para.

Algunos miran y la encuentran cerrada, pero está abierta solo para los que realmente quieran descubrir los tesoros que protege.

La verdad se acerca, se escuchan sus pasos cada vez más próximos e intensos, puedes sentir su tacto seguro de sí misma, su respiración pausada, las notas en cada movimiento y el silencio de sus palabras.

Lo que hay en el centro de la sala, guarda un niño muerto, sin sueños, jamás ha jugado, con la mirada perdida y su alma entre las llamas.

La verdad le acaricia, y el niño inmóvil hasta el momento, como por arte de magia, le entrega el fusil que entre las manos apretaba.

Sus ojos están fijos en el techo, mientras nos muestra una imagen que da vueltas en su cabeza, desde el primer día, en el que el mismo demonio le regaló un arma.

Su corazón se dispara. Ha de dar muerte a unos niños pequeños cuya sangre es la misma que por sus venas fraternas corre como sus lágrimas. No puede hacerlo, el cansancio le gana, ya no hay vuelta atrás, las cartas están echadas.

Sus miradas se cruzan, todo se olvida, no recuerda sus nombres pero reconoce a sus compañeros de juego, ilusión y alegrías. Ahora está claro, son esos niños que de la misma madre, que ya descansa en el suelo, nacieron y vivieron volando entre los sueños.

El fusil ya no les apunta, y en ese momento siente el gélido tacto en su sien del arma que el diablo, disfrazado de pardo, porta entre las manos. El silencio absoluto. El miedo le invade, la visión se le borra y de pronto tres disparos gigantes le invaden el alma, y por fin tranquilo, abre los ojos.

Todo terminó, piensa creyéndose muerto, pero la imagen que admira son sus tres hermanos derramados en el suelo por las balas del arma, que entre las manos agarra, ha escupido sin darse cuenta mientras les apuntaba.

El demonio le mira con su sonrisa desgarradora. Vuelve a no ver nada.

Desde su ceguera infantil siente la tierra bajo sus pies en el campo de batalla. No sabe lo que hace, pero sus lágrimas secas se derraman en su interior sin dejarse ver por los otros niños que tampoco ven nada.

No piensa, sólo mata. Y siente de pronto un cosquilleo que, después de años sólo grapando odio en el alma, le hace dibujar una dulce sonrisa en su oscura cara.

Su pierna está sangrando, la vida se le escapa, no corre tras ella, le deja ventaja.

Llegó, al fin, mi hora. El demonio no está ayudándole, como él pensaba, y después de cinco años desearía preguntarle tantas cosas que no sabría por dónde empezar.

Su sangre tiñe la tierra, se tumba en el suelo, intenta cerrar los ojos pero algo se lo impide.

Con la mirada fija en el cielo comienza a ver cada una de las caras de la gente inocente a la que disparó, sin saber por qué ni cómo, por aquella decisión del portador de la sala vacía.

No solo ve sus caras, también ve a sus hijos pidiendo alimento a su madre muerta que ya no es capaz de mantenerlos. Ve el dolor de un pueblo que derrama su sangre en nombre de un Dios, que exista o no, nunca pidió tales sacrificios. Y por último, ve al demonio apuntado un arma contra su sien obligándolo a arrebatar la vida de a quienes en un tiempo pasado había llamado hermanos.

Al fin cierra los ojos, se relaja, suelta el fusil en el suelo, ya no siente nada. Su alma sale de su cuerpo que yace en la caja del centro de la sala.

Asómate si crees que es cierto, pues hay un niño que llorará eternamente en nuestro interior, llenando poco a poco la sala de nuestra conciencia.

Por esa vida que le arrebataron, por esos juegos a los que nunca jugó, por esa sonrisa que no supo dibujar hasta su muerte, por esa escuela a la que nunca acudió y por esos sueños que nunca soñó.


Elisa Campos Gálvez 4º A ESO
1º Premio Prosa
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